sábado, 14 de febrero de 2015

EL JILGUERO




AUTOR: Donna Tartt
EDITORIAL: Lumen
Nº DE PÁGINAS: 1.152
ENCUADERNACIÓN: Tapa blanda
PRECIO: 24,90 












Después de El secreto todos creían que Donna Tartt era una de esas celebres escritoras de un solo libro, una gran novela que cosechó un éxito internacional, pocos creían que después de diez años reaparecería con Un juego de niños. Han tenido que pasar otros once años para que Tartt se dejará ver, esta vez acompañada por El jilguero. En una época como la nuestra, dominada por lo instantáneo, por la rapidez, resulta insólito encontrar a una autora sin prisas, que se toma su tiempo y que quizás por eso nos regala joyas como esta.

El jilguero arranca en una habitación de hotel de Ámsterdam donde Theo Decker sumido en la desesperación y el delirio nos cuenta como empezó todo: con un estallido, con una explosión en el Metropolitan Museum de Nueva York que se cobro la vida de su madre, una mujer maravillosa que iluminaba con su luz todo cuanto la rodeaba. Por su parte Theo salió ileso del atentado pero, siguiendo las indicaciones de una anciano agonizante rescató algo; al jilguero, un cuadro de Carel Fabritius (1654), un pintor holandés discípulo de Rembrandt, que como más adelante averiguaría Theo ya había sobrevivido a otra explosión en el pasado, sin saberlo ese anciano marco la vida de Theo de forma irremediable.

De esta forma Theo se queda huérfano de madre con el jilguero bajo el brazo y el recuerdo de una chica pelirroja que había visto horas antes en el museo. Comienza así su periplo personal, en lugar de aterrizar en un orfanato, Theo va a parar a casa de los Barbour una familia acomodada de Park Avenue, más adelante conoce a Hobie un bondadoso restaurador de muebles que es la encarnación misma de la integridad y la honradez y también se reencuentra con Pippa aquella joven pelirroja que no logra quitarse de la cabeza y que a raíz del atentado sufrió una grave lesión, curiosamente las apariciones de Pippa van a estar ligadas a cambios.

El padre de Theo va a tener una importancia clave en su vida, irrumpiendo en ella como un elefante en una cacharrería lo arrastra con él y con su novia Xandra a Las Vegas. Pero no a la parte de las luces, los casinos, las despedidas de soltero, los turistas y la riqueza sino al desierto. A una urbanización repleta de casas vacías y situada a las afueras. Theo pasa así de una vida estable controlada por su madre a una vida sin rutinas, límites u horarios dirigida por un padre alcohólico y adicto al juego. Pero, va a ser aquí en el medio de toda esa arena, donde Theo conozca a Boris, el mejor personaje secundario que jamás he encontrado.
Boris tiene un magnetismo instantáneo, es un personaje pícaro, inteligente, encantador me atrevería a decir que sin él el jilguero se vería reducido a la mitad. Boris atrapa al lector, al igual que atrapará y cautivará a Theo. Es un chico que ha vivido mucho, al que nada pilla de nuevas. Junto a él Theo se sumirá en un mundo de drogas y de desenfreno.Llegados a este punto es importante señalar que Donna Tartt no intenta realizar un discurso moralizante ni políticamente correcto, no se regodea en la desgracia de sus personajes. Las drogas, se convierten en necesidad más que en adicción, en una vía de sobrevivir a un entorno desolado y lleno de soledad. Quizá la relación más extraordinaria sea la que se da entre Theo y Boris.

Nos miramos. Y se me ocurrió pensar que, pese a sus defectos, que eran numerosos y espectaculares, la razón por la que me gustaba Boris y me había sentido contento a su lado casi desde el momento en que lo conocí era que nunca tenía miedo. No conocía a mucha gente que fuera libremente por el mundo con un desdén tan rotundo y al mismo tiempo una fe tan original e irrefutable en lo que, de niños, le había gustado llamar << el planeta Tierra>>.

Y a lo largo de todo el libro como hilo conductor se encuentra el jilguero, las idas y venidas del cuadro desembocarán en una trama que nos conducirá al mundo del tráfico de obras de arte y de las falsificaciones, pero sería muy simplista reducir la novela a esto. El jilguero de Fabritius es remordimiento, salvación y carga para Theo.


Pero ¿qué dice el cuadro sobre el mismo Fabritius? Nada sobre devoción familiar, romántica o religiosa; nada sobre temor cívico, ambición personal o respeto a la riqueza o al poder. Solo un diminuto corazón palpitante y soledad, una pared iluminada por el sol y la sensación de que no hay escapatoria. Tiempo que no transcurre, tiempo que podría no llamarse tiempo. Y, atrapado en el núcleo de luz, el pequeño prisionero inmutable.






El jilguero habla de la soledad, de los traumas, de los errores, de la amistad, del bien y del mal; de lo absurdo que resulta realizar categorizaciones simplistas, a veces las malas acciones pueden dar lugar a buenas consecuencias y viceversa, nada es negro puro o blanco puro, la línea que separa ambas es a menudo muy endeble,del amor; el amor hacia el arte, hacia la belleza, el amor por la vida para salir del más oscuro de los pozos pese a saber desde el principio que la partida esta amañada porque todo desemboca en la muerte, del tiempo; caprichoso, arcano y arbitrario. En suma, El jilguero habla sobre la naturaleza humana.

Porque ¿acaso no es un lugar común indiscutido en la cultura que nos han inculcado desde niños? Desde William Blake hasta Lady Gaga pasando por Rosseau, Rumi, Tosca o Míster Rogers, es un mensaje curiosamente inalterable, aceptado desde lo alto hacia abajo: cuando tenemos dudas, ¿qué debemos hacer? ¿cómo sabemos qué es lo qué más nos conviene? Todos los psiquiatras, todos los orientadores de profesión y todas las princesas de Disney saben la respuesta:<<Se tú mismo>>. <<Haz lo que te diga el corazón.>>
Pero lo que quisiera que alguien me explicara es lo siguiente: ¿qué pasa si da la casualidad de que tienes un corazón que no es de fiar?

Quizá lo que hace maravilloso a El jilguero es la exquisita caracterización de sus personajes, no son buenos ni malos, héroes o villanos, son auténticos, perfectamente imperfectos, perfectamente humanos. Quizá sea la sublime pluma de Donna Tartt, capaz de describir y reflejar como nadie la aflicción, el dolor, la amistad que no requiere de palabras, que te dota de un don casi telepático que te permite saber lo que piensa el otro sin que llegue a expresarlo, quizá sea por todo esto y por nada en particular.

Si han llegado al final de esta kilométrica entrada, espero que lean El jilguero , que tal como reza su eslogan publicitario es sin lugar a dudas un clásico contemporáneo.

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